El miedo de una generación: cuando el futuro parece ponerse en venta.

Por años nos dijeron que los jóvenes éramos el futuro. Que estudiáramos, que trabajáramos duro, que emprendiéramos y que creyéramos en la democracia. Pero hoy, con la llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia, muchos sentimos que el futuro del que tanto hablaron ya no nos pertenece. Nos invade una sensación difícil de explicar: el miedo. No es el miedo irracional que algunos sectores utilizan para hacer campaña política. Es el miedo que nace cuando se observan discursos que exaltan el mercado como solución para todo, que reducen el papel del Estado y que presentan los derechos como si fueran privilegios. Para quienes crecimos viendo las profundas desigualdades de Colombia, esa visión no representa esperanza; representa incertidumbre. Los jóvenes de hoy no tenemos miedo porque llegue un presidente de derecha. La democracia consiste precisamente en aceptar que las mayorías eligen. Lo que preocupa es qué tipo de país se construye cuando el éxito económico se convierte en el único criterio para gobernar y cuando la solidaridad deja de ser un valor público para convertirse en un asunto privado. Nuestra generación carga con empleos precarios, arriendos impagables, universidades costosas, problemas de salud mental y una crisis climática que no provocó. En ese contexto, escuchar propuestas orientadas a reducir el Estado o a privilegiar aún más la lógica del mercado genera preguntas inevitables: ¿quién protegerá a quienes ya parten desde atrás? ¿Quién garantizará que la educación pública siga siendo una herramienta de movilidad social? ¿Qué ocurrirá con los programas sociales que hoy sostienen a millones de familias? También preocupa el lenguaje de la confrontación. Colombia lleva décadas atrapada entre quienes creen que pensar distinto convierte al otro en enemigo. Los jóvenes crecimos en medio de esa polarización y esperábamos que el país avanzara hacia una discusión más democrática. Sin embargo, el clima político vuelve a alimentar la idea de que hay ciudadanos buenos y ciudadanos malos, patriotas y traidores, productivos y parásitos. Esa narrativa solo profundiza las divisiones. Hay otro temor que pocas veces se menciona: el miedo a perder la posibilidad de soñar. Porque cuando se instala la idea de que todo debe producir rentabilidad inmediata, el arte, la cultura, la investigación científica y la participación comunitaria empiezan a verse como gastos innecesarios. Pero un país no se desarrolla únicamente con indicadores económicos; también se construye con pensamiento crítico, memoria, cultura y ciudadanía. Muchos jóvenes tampoco queremos regresar a una Colombia donde cuestionar al poder sea motivo de estigmatización. La democracia necesita oposición, prensa crítica, universidades libres y organizaciones sociales fuertes. Cuando cualquiera de esos espacios se debilita, no pierde la izquierda ni la derecha: pierde la sociedad.
Desde una perspectiva progresista, creemos que el Estado no es un obstáculo para la libertad, sino una herramienta para equilibrar las enormes desigualdades que produce el mercado cuando actúa sin límites. No defendemos un Estado perfecto; defendemos la posibilidad de corregir las injusticias que el mercado, por sí solo, nunca ha resuelto. Por eso nuestro miedo no nace de una persona. Nace de un modelo de país que prioriza la competencia sobre la solidaridad, el privilegio sobre la igualdad y el éxito individual sobre el bienestar colectivo. Es el temor de que las conquistas sociales de los últimos años puedan retroceder y que las nuevas generaciones vuelvan a escuchar que la pobreza es únicamente responsabilidad de quien la padece. Pero el miedo, por sí solo, no transforma la historia. Si algo ha demostrado la juventud colombiana es que sabe organizarse, debatir y movilizarse. Lo hizo cuando defendió la educación pública, cuando salió a las calles para exigir oportunidades y cuando convirtió la participación política en una herramienta de cambio. Esa capacidad seguirá siendo necesaria, gobierne quien gobierne. Porque la democracia no termina el día de las elecciones. Apenas comienza. Y el papel de una ciudadanía crítica no es aplaudir automáticamente al poder ni rechazarlo por prejuicio, sino vigilarlo, cuestionarlo y exigirle que gobierne para todos. Tal vez ese sea el mayor desafío para nuestra generación: convertir el miedo en organización, la incertidumbre en participación y la indignación en propuestas. Porque los derechos nunca han sido regalos de los gobiernos. Han sido conquistas de los pueblos. Y si el futuro realmente está en disputa, los jóvenes no podemos limitarnos a observar cómo otros lo deciden por nosotros.
Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad de su autor y no representan necesariamente la posición de Orilla Política.
